El Valle (Inconclusa)
A veces el mundo se abre donde no debería.
Grietas en la tierra, en la memoria… En el alma. Callaghan lo supo, lo supo
cuando vio aquella grieta, lo supo cuando se adentró en ella. Demasiado recta,
demasiado perfecta, una singularidad imposible de ser fruto de la erosión. El
agua es fuerte, es dura. La roca quiebra en presencia de algo menos tangible, igual
que la mente. Cuando la fluidez es demasiada, un concepto, parece que no puede
ser tocado, no se puede agarrar un líquido. Quizá uno puede tratar de
almacenarlo en sus manos. Recoger torpemente en su regazo lo que parece una
culebra cristalina, misteriosa, entrañable, y aun así, la luz la traspasa cual
cristal. Pero por mucho esfuerzo que se haga, todo es en vano. El hombre se
deja morder por la víbora acristalada: siempre se abalanza sobre aquello que no
puede comprender. Se trata de cercar el campo, de embotellar la mar. La roca,
por muy severa que parezca, siempre posee un máximo de presión a poder tolerar.
Jonah Callaghan, sin embargo, pocas
reflexiones gozaban de ser objeto de su tiempo. Era un hombre ocupado, ocupado
a su parecer. Hijo desdichado de una familia minera, su padre le fue arrebatado
en plena fiebre del oro. Tras cientos de soles buscando, las preciadas rocas
resplandecientes emergían de entre la gravilla como el encender un candelabro
en plena noche cerrada. No obstante, la miasma sanguinolenta de la codicia raudamente
se propagó entre los presentes. El sudor recorría las escarpadas frentes de los
trabajadores, como si de manantiales en el gran cañón se tratasen. Sus ojos,
inyectados en sangre, dilataban sus pupilas al relucir de tan preciado hallazgo,
resultado de la virulenta envidia. El oro clamaba, clamaba un dueño, un grito
mudo que ensordecía a todo aquel colindante al descubrimiento. La legitimidad
de su pertenencia residía orgullosamente en aquel que lo hubiese encontrado.
<<¡Enhorabuena Callaghan!>> Entonaban al unísono sus compañeros a
la par que las púas de un rastrillo se clavaban en el cogote del afortunado.
<<¡Vaya suerte!>>, <<Tu mujer no cabrá en su contento>>.
Carcajadas maniáticas acompasaban los
gritos afligidos del descubridor. Las viles piedras continuaban ejerciendo su
maleficio rojo, rebotando en todas direcciones sin todavía un sucesor claro al
desdichado primer dueño. Un brutal intercambio de grandes habilidades para el
manejo de las herramientas mineras caracterizó los momentos posteriores a este
suceso. Se notaba que los jornaleros poseían gran destreza en el empleo del
variopinto surtido de utensilios que los acompañaban siempre, sobre todo, para
estas ‘ocasiones especiales’. Las aguas sobre las que se
apostaban se tiñeron de nubes de colores carmesí: patrones y melodías rojizas
propias de las monumentales nebulosas que inundan el cosmos con su ciclópea
presencia. Finalmente, el preciado objeto de tal violencia fue reclamado por el
propio río, legítimo dueño en primera instancia de aquellos cantos dorados.
Cuando la noticia alcanzó oídos de su
esposa e hijo, una profunda y fútil rabia inundó la mente del mozo como una
presa que revienta por la presión. Joven, endeble, incapaz de contener todo el
líquido, un fúnebre golpe a la psique del mozo. No había malvado ante al que su
padre vengar. Simplemente otros, otros tan desesperados como este, del que no
cabe duda de que habría hecho lo mismo, muertos. Su madre, Lindsey, era una
mujer estrecha, reservada y silenciosa como una serpiente. De cuerpo luengo y
enjuto, siempre llevaba un desaliñado vestido heredado carcomido por las ratas.
Compuesto de algodón y lino, se encontraba casi en un estado de putrefacción
casi tan infecta como su inerte mirada. Unos ojos profundos, oscuros, como el
vacío que uno encuentra cuando observa el océano en la madrugada. Eternamente
coronados por la desaprobación y el desasosiego que inundaba su vida, su
matrimonio con el padre de Jonah jamás fue afortunado en el afán de crear amor.
La única motivación tras su noviazgo fue el
escapar del violento yugo de su permanentemente ebrio padre, que mantenía
pretensiones de un matrimonio arreglado entre Lindsey y su tío Jacob a fines de
saldar una deuda. Es así como, gracias a la falta de presencia femenina en la
franja oeste del país, la ya entonces flemática e indolente Lindsey logró con
pocos obstáculos un matrimonio por correspondencia con el joven Randall
Callaghan. Es así como Randall, habiendo asesinado a su suegro a punta de
revolver, se dispuso junto a su esposa a buscar fortuna más allá de Denver. El
rumor de un secuestro se propagó como la viruela ante sus incrédulos familiares
y, aunque no era tal cosa ni mucho menos, la abúlica Lindsey tampoco hallaba en
su precipitada aventura con el insensato Callaghan futuro alguno.
Ella ya era una mujer reservada junto a su
marido. Randall, era un hombre en constante diálogo con su entorno, sumo
contraste a su esposa y, posteriormente, al pequeño Callaghan. La muerte de su esposo
pues, no supuso, o al menos a ojos de los demás, secuela alguna sobre ella. Simplemente
permaneció más callada de lo que ya era, como una muñeca, como un cadáver,
inerte, impasible, muerta en vida, inundando la sala con su miasmático y
putrefacto olor a indiferencia. Callaghan era ahora el hombre de la casa, y
todo el peso del mantener la misma recaía en él. Su madre, a pesar de la
necesidad, se negaba a trabajar, a responder si quiera a las plegarias de su
hijo. Esto aumentó significativamente las tentativas del chaval a prescindir de
su hogar y de su hierática progenitora.
Fue así como Callaghan finalmente tomó la
decisión de abandonar a su suerte a Lindsey, no sin antes llevarse el viejo revolver
de su padre y el poco dinero que quedaba. La negativa de su madre, primer signo
de vida en semanas, a que su hijo se apropiase de lo único que ella tomaba en
consideración, provocó un acalorado enfrentamiento. La destartalada vivienda de
madera, podrida, gangrenada, corrupta hasta los cimientos como sus residentes,
recibió finalmente algún tipo de melodía a la que atender. Sílabas de terror se
desprendían de la boca nunca antes vista abierta de par en par de Lindsey. Este
baile mortífero, con la laceración y el magullamiento como movimientos
estrella, cesó repentinamente al explosivo tamborileo del revolver. A pesar de
sus años acumulando polvo en la cómoda, su capacidad de hacer llamar a la parca
no se había visto mermada en absoluto. Callaghan despachó a su madre sin
remordimiento alguno, que yacía horadada por la nuca, como si de madera carcomida
por las termitas se tratase. La afonía, que volvía a inundar la casa, trajo paz
y sosiego al ahora completamente solo pequeño Callaghan.
Negándose a la labor de su padre, a partir
de ese día Jonah comenzó su intromisión en los asuntos de los forajidos.
Callaghan encontraba del saltear y el crimen un oficio mucho más digno, y a la
par, regocijante. Es así como el insondable paso del tiempo hizo acto de
presencia y Jonah, con los años, se labró un nombre y reputación en los bajos
fondos de las zonas sin ley. Renombrado señor de las fechorías del Valle de San
Luis, aterrorizaba junto a su banda, los ‘Monte Vista Crows’, a indígenas y pueblerinos por igual. Es
precisamente, en esta ciudad sin ley, Sodoma polvorienta y hogar de los ya
condenados a las llamas, donde, en calidad de líder, Callaghan solía putañear y
frecuentar junto a los suyos bares de mala muerte. La ciudad reposaba en las
faldas de extensas colinas rocosas, completamente rodeadas de inconmensurables
eriales que continuaban hasta donde alcanzaba la vista. Para divisar algún
rastro de elevación en el terreno, más allá de donde se alojaba la ciudad, uno
tenía que recorrer millas de pastizal seco y polvoriento, una planicie interminable,
donde indios y bandoleros se disputaban el botín de las desdichadas carrozas
obligadas a transitar la zona.
Ubicada en el este del valle, era el único
reducto humano, estadounidense, en cuantiosos días de recorrido. Se debía de
rodear el valle desde el oeste por completo para alcanzar el lugar. Nadie en su
sano juicio se atrevía a traspasar aquella boscosa frontera en el poniente que lindaba
al Río Grande. Vasta arboleda, poblada por altos pinos anaranjados y extensos
álamos de tonos huesudos, era una tierra ignota, inspiración de leyendas
populares sobre horrores perpetuados por los indígenas. Sin embargo, la tribu
preponderante en el valle, los Yutas, rehuía de las profundidades
incognoscibles del bosque. Sea lo que fuere que moraba los oscuros laberintos tortuosos
de raíces y hojas más allá del valle, infundía un terror primario en todo aquel
que se acercase. Los pinos, que se alzaban hasta tocar el cielo, angostos,
sempiternamente elevados más allá de la capacidad de procesamiento del ojo
humano, servían de muralla natural. Retorcidos patrones de ramas plagaban los
sinuosos caminos sin rumbo de la foresta, proyectando ilusiones endemoniadas si
se transitaba de madrugada. Por su parte, cientos de álamos se erigían como
guardianes silenciosos del lugar. Centinelas del paraje, sus cortezas parecían
observar a todo aquel que pusiese un pie en su morada, o al menos eso decían
los insensatos que, cegados por la fiebre del oro, pretendían acceder a las
zonas vírgenes del río.
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