La Cigüeña Negra

Era el corazón de un tórrido verano. El cálido sol acariciaba suavemente las hojas de los árboles que, persuadidos por tal plácida invitación, dejaban a los rayos traspasar parcialmente sus extensas copas verdes. Refugiado bajo la sombra de un obstinado ciprés que quería todo el sol para sus hojas, un joven jugaba a amedrentar a las pobres hormigas que tuviesen la desdicha de encontrarse por allí pasando. De cabello castaño desaliñado,  vestía un polo bermellón rayado de aspecto caro, con cuello y puños color hueso y unos pantalones cortos de tonos ocres. Nuno era su nombre, repetido cual casete defectuoso por su madre en situaciones como esta, donde el muchacho no parecía entender la diferencia entre un trapo y su costosa vestimenta.

    Fatigado ya de una interminable y productiva sesión de abrumar a insectos varios, Nuno comenzó a escanear sus alrededores en busca de algo medianamente interesante que hacer hasta la hora de comer. Comenzó a barajar sus opciones, hasta que un pensamiento pareció silenciar el barullo que se montaba en su diminuta cabeza: Saltar la valla. Su madre, entre muchas otras tonterías a su parecer—, siempre le había advertido de no salir del jardín. Desconocidos los motivos, el desazón de su madre con respecto a este tema era significativamente mayor a nimiedades como su polo o comerse las verduras. Algo en esa mujer quería impedir a toda costa que su hijo se adentrase más allá del jardín. Sin embargo y pese a advertencias previas, había algo sumamente atractivo en la idea de investigar el bosque.

    Fue así como, constatando previamente que nadie le ponía el ojo encima, Nuno se dispuso a escapar de la tediosa prisión que suponía su patio trasero. Recogió sus pasatiempos habituales desperdigados por el herbal y realizó un profundo ejercicio de reflexión con el que decidir cuales objetos eran de vital importancia para dicha empresa. Dotado de un material de explorador bastante pobre aunque a ojos del muchacho un tirachinas y una peonza eran equipo de supervivencia de alto nivel—, Nuno escaló la valla y se embarcó en una odisea a lo desconocido. A cada paso que daba, el muchacho quedaba encandilado con las maravillas del bosque. Una sinfonía sensorial era interpretada por la gran orquesta de la arboleda. El grácil vientecillo acariciaba su rostro mientras los diferentes animalillos del lugar hacían de coristas.     El murmullo del río, el piar de los pájaros… Las tierras más allá del jardín eran un locus amoenus en todos los sentidos. Sin embargo, tras un plácido rato disfrutando de la melodía, una calma sin igual pareció invadir a todos los habitantes del bosque. Las cigarras cesaron su cantar y los riachuelos padecían una afonía antinatural a medida que Nuno se aproximaba a un claro en el bosque. En el centro, un gran lago coronaba la abertura, en el que reposando en el centro cual monarca de la charca, una cigüeña negra descansaba en una roca.

    El joven se sorprendió enormemente, jamás había visto una cigüeña tan de cerca, menos aún de tal peculiar color. Era majestuosa. Su plumaje oscuro como el latón acompañaba grácilmente a su pico y extremidades anaranjadas, generando un juego de contrastes cautivador. Esta sorpresa fue percibida por el ave, quien ya había advertido la presencia del muchacho en su bosque, pero que prefirió mantenerse inmóvil con tal de recibir un halago mudo. Ante la figura de tal espectacular criatura, el mozo comenzó a sentir una irrefrenable sensación de ansia por tocar al ave.

—Acércate joven— Enunció el pájaro con una voz gutural.

    La fascinación de Nuno se vio avivada por el fuelle que suponía la invitación de la cigüeña. Ya no era mera curiosidad, su cuerpo clamaba poder tocar al preciado animal. Una sensación externa a él le empujaba, casi contra su voluntad, las ansias le consumían y Nuno no pudo si no que sucumbir a tal sugestión. La hora de comer, su madre, la peonza… Ya nada importaba. Un torbellino de anhelo nublo su mente y acalló su conciencia. La cigüeña negra reclamaba otro joven que pudiese admirar su belleza eternamente. Sus grandes ojos melados clavaban la mirada en el muchacho, ahora nadando en su dirección a duras penas, cegado por la sobrenatural atracción que emanaba del ser. Nuno cada vez presentaba más dificultad para bracear rumbo al pájaro, a lo que este, impasible, no pudo si no que regodearse de su víctima.

    El cansancio y la fatiga pudieron con el muchacho, cesando el chapoteo. Sus pequeños brazos, que jamás habían nadado con anterioridad, dejaron de luchar por mantenerse a flote. El silencio volvió a reinar en el bosque, en el que ahora solo se oían las hojas mecer suavemente al compás de la brisa. Nuevamente la cigüeña negra se reclinaba en su roca, a la espera de otra alma inocente a la que embaucar en sus aguas sagradas.

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