A Pedra Vella
Durante años, el nombre de Laura Quiroga
flotó en mi familia como un espectro al que nadie quería invocar. Hermana de mi
abuela, era una mujer que, según las pocas palabras que escapaban en las sobremesas
cargadas de vino, perdeuse —se perdió— en algún rincón olvidado de la
brumosa Galicia rural. Nadie sabía, o quería saber, qué le había ocurrido.
No obstante, fue hace dos otoños
cuando, mientras hacía acopio de unos polvorientos armarios de mi yaya, una
carta olvidada, fechada en 1933, emergió de entre los papeles como si de un
tesoro se tratase. Amarillenta y perfumada con notas a vainilla, se encontraba
abierta, aunque en un deplorable estado. Tenía el matasellos de San Xoán da Fraga, y, extrañamente, estaba
ligeramente chamuscada en uno de sus extremos. Fue así como, motivado por la
curiosidad, y un entonces capricho de viajar al monte, llegué al pueblo, apenas
un puñado de casas de adoquín hundidas entre montaña y neblina.
Anegado por la humedad y el olor a lluvia, la mayoría de los edificios se asemejaban más a montículos de piedra, que a viviendas, semejante a las ruinas de los castros celtas. En uno de ellos —una rectoral derruida junto a la vieja parroquia— encontré un cuaderno en deplorable estado. Con una gruesa cubierta de cuero, las páginas se encontraban carcomidas por la humedad. No pertenecía a Laura, si no a un hombre llamado Martín Varela. Tras examinar el diario con detenimiento, ya en mi hogar, he llegado a la conclusión de que, sea lo que fuere que le ocurrió a Laura, el autor de este manuscrito lo padeció también en la misma medida. No sé qué tan terrible fue aquello que el inspector Varela halló en busca de Laura, pero comienzo a percibir que los hechos traspasan poco a poco las páginas, rezumando mal augurio sobre mi persona.
He podido deducir que, como he mencionado, Varela fue encargado a investigar sobre la desaparición de Laura, pues, aunque faltan las primeras páginas, se encuentra escrito de tal manera, que no deja lugar a otra hipótesis. Lo que sigue, por tanto, es la transcripción fiel del cuaderno de campo, si es que así puede llamarse, de Martín Varela. He querido respetar su estilo, pero me he visto obligado a añadir notas aclaratorias cuando se precisan, a fin de comprender un texto que, en ocasiones, no es posible. Según avanzan las páginas, algo entibia poco a poco la mente del inspector, hasta que parece sucumbir a la locura. Sin embargo, comienzo a creer que no son meros desvaríos.
A medida que avancé en su lectura, sentí una sombra crecer a mi espalda. Una incomodidad animal que no me ha abandonado desde entonces. Percibo la sempiterna presencia de algo mayor, como si me observasen de manera contínua. No puedo expresar con palabras la pesadumbre que, en ocasiones, me ha provocado el manuscrito. Creo, cada vez con más fuerza, que ha sido un error su lectura, y, comienzo a comprender el porqué de la condena al olvido de Laura. En las noches más silenciosas, cuando el viento sopla del norte, aún creo oír el balido quebrado de un cabrito proveniente de la neblina. Este diario me perseguirá hasta el final de mis días, no tengo duda.
30 de Enero de 1933
Me dirijo, ya pues, al neblinoso y perdido pueblo de San Xoán. No he querido traer conmigo a ningún hombre, dado que, en muchas ocasiones, ya mi sola presencia induce miradas indeseadas. Ahora bien, no puedo ignorar que la Galicia profunda es tierra de leyendas negras, que, disuaden a muchos de penetrar entre sus bosques y rías. A mí no me asustan las meigas. No soy un hombre supersticioso, ni mucho menos. Pero, he de admitir, que algo de este caso eriza en mí una antinatural preocupación.
No se trata de nada en específico, realmente. He manejado decenas de investigaciones similares, pero, realmente soy incapaz de señalar con precisión qué es lo que me provoca tal leve angustia. Aún en contra de mis pesares, insistí en ir solo. Quizá fue un error. No son pocas las historias que comienzan así. La confianza se considera un pecado en la literatura del terror. Pero, gracias a Dios, no habitamos un ominoso relato de Poe. Si así fuese, pues, no habría escogido esta profesión para empezar.
Según nos acercamos al norte, el paisaje comienza a adecuarse a los tonos que uno esperaría de mi destino. Las eternas planicies que el destartalado vehículo transitaba, comienzan a poblarse de densos núcleos de árboles. Las nubes, se aglomeran como ovejas en grandes cúmulos grises: un augurio del clima imperante en la región. El coche de plaza, bastante magullado, parece apunto de sucumbir ante la creciente pendiente, como si de una lata vacía se tratase. Quizá uno podría pensar que escatimé en exceso a la hora de escoger mi transporte, pero nadie quería realizar este trayecto.
Al cabo de unas dos horas desde mi última entrada, hemos llegado finalmente al pueblo. Dejé de anotar subitamente ante el constante traqueteo de la carretera, que me sostenía al borde de la neurosis. Aunque sospecho que, algo en el ambiente contribuyó a mi anterior dolor de cabeza, que llevaba azotandome desde hacía días. Ya, según nos aproximabamos al pueblo, pude otear lo que posteriormente se convertiría en mi alojamiento: la rectoral. Este, era el único lugar que me proporcionaba asilo en el pueblo. No había posadas, y mucho menos los vecinos, conocidos por su frialdad, tendrían propensión alguna a recibirme en sus hogares.
Una vez aparcado, una extraña brisa recorrió todo mi cuerpo al salir del coche. Parecía introducirse por las mangas de mi chaqueta, accediendo a mis costados y espalda, aguijoneandome. A juzgar por la expresión del conductor, esta sensación no era únicamente mía. Este, comenzó a comportarse de manera impropia, despidiéndome con una prisa inusual y, cierta quebradez en la voz. No le culpo, el aspecto de San Xoán desde luego
1 de Febrero de 1933
La aldea apenas respira. La bruma
hoy era especialmente densa, por lo que el día ya auguraba un escaso contacto
con la vecindad, si es que eso era posible. Crucé las callejas empedradas de
San Xoán, más allá de la iglesia vieja. Desconozco cuanto tiempo tendrá esta
vieja construcción —pensé— pero parece más antigua que el tiempo mismo. Según pasaba,
solo vi sombras que cerraban ventanas a mi paso: no era bienvenido en este lugar.
Hacía un frío antinatural. No pareciera provenir del clima, si no de la propia piedra vieja. Penetraba por el costado, y, se clavaba como agujas en tus órganos vitales. Parecía traspasar tela y carne. Esta noche, mientras anotaba estas líneas, me pareció escuchar un murmullo detrás de la rectoral. El sonido no era natural. No provenía del viento, y menos de un animal. Una voz, o algo semejante, me susurraba. Me fue incapaz reconocer qué quería decir, pero sentía que iba dirigido a mí.
3 de Febrero de 1933
He preguntado por ‘O Vixilante Branco’ en la taberna. Silencio. Un viejo me escupió a los pies y me soltó ¡Saír!, o algo semejante. La tabernera, compadecida, murmuró apenas: ‘’Non remexas o que dorme baixo o toxo’’. No me quieren aquí, y menos por el motivo por el que vengo. Siento las miradas clavadas en mi nuca según recorro el pueblo. A veces temo que escale a algo más que palabras.
Más tarde, en los montes, vi algo:
una silueta pálida en el matorral. Parecía un corzo, aunque se movía de un modo
imposible. No tengo del todo claro si acaso lo vislumbre con claridad, pero si
así fuese, ese animal no era normal. Todo se siente fuera de lugar, yo incluido.
El pueblo no afloja ni una sola pista sobre Quiroga.
Esta noche dormiré con la lámpara
encendida.
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