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Mostrando entradas de abril, 2025

El Valle (Inconclusa)

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A veces el mundo se abre donde no debería. Grietas en la tierra, en la memoria… En el alma. Callaghan lo supo, lo supo cuando vio aquella grieta, lo supo cuando se adentró en ella. Demasiado recta, demasiado perfecta, una singularidad imposible de ser fruto de la erosión. El agua es fuerte, es dura. La roca quiebra en presencia de algo menos tangible, igual que la mente. Cuando la fluidez es demasiada, un concepto, parece que no puede ser tocado, no se puede agarrar un líquido. Quizá uno puede tratar de almacenarlo en sus manos. Recoger torpemente en su regazo lo que parece una culebra cristalina, misteriosa, entrañable, y aun así, la luz la traspasa cual cristal. Pero por mucho esfuerzo que se haga, todo es en vano. El hombre se deja morder por la víbora acristalada: siempre se abalanza sobre aquello que no puede comprender. Se trata de cercar el campo, de embotellar la mar. La roca, por muy severa que parezca, siempre posee un máximo de presión a poder tolerar. Jonah Callaghan, sin...

A Pedra Vella

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  Prólogo      Durante años, el nombre de Laura Quiroga flotó en mi familia como un espectro al que nadie quería invocar. Hermana de mi abuela, era una mujer que, según las pocas palabras que escapaban en las sobremesas cargadas de vino, perdeuse —se perdió— en algún rincón olvidado de la brumosa Galicia rural. Nadie sabía, o quería saber, qué le había ocurrido.      No obstante, fue hace dos otoños cuando, mientras hacía acopio de unos polvorientos armarios de mi yaya, una carta olvidada, fechada en 1933, emergió de entre los papeles como si de un tesoro se tratase. Amarillenta y perfumada con notas a vainilla, se encontraba abierta, aunque en un deplorable estado. Tenía el matasellos de San Xoán da Fraga, y, extrañamente, estaba ligeramente chamuscada en uno de sus extremos. Fue así como, motivado por la curiosidad, y un entonces capricho de viajar al monte, llegué al pueblo, apenas un puñado de casas de adoquín hundidas entre montaña y neblina. ...

La Cigüeña Negra

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Era el corazón de un tórrido verano. El cálido sol acariciaba suavemente las hojas de los árboles que, persuadidos por tal plácida invitación, dejaban a los rayos traspasar parcialmente sus extensas copas verdes. Refugiado bajo la sombra de un obstinado ciprés que quería todo el sol para sus hojas, un joven jugaba a amedrentar a las pobres hormigas que tuviesen la desdicha de encontrarse por allí pasando. De cabello castaño desaliñado,  vestía un polo bermellón rayado de aspecto caro, con cuello y puños color hueso y unos pantalones cortos de tonos ocres. Nuno era su nombre, repetido cual casete defectuoso por su madre en situaciones como esta, donde el muchacho no parecía entender la diferencia entre un trapo y su costosa vestimenta.      Fatigado ya de una interminable y productiva sesión de abrumar a insectos varios, Nuno comenzó a escanear sus alrededores en busca de algo medianamente interesante que hacer hasta la hora de comer. Comenzó a barajar sus opciones, h...